Ayer tuve por fin la ocasión de entrar a tomar algo al Museo de las Letras de la Gran Via con la calle Peligros. Sus sillones blancos y el aspecto luminoso siempre me habian resultado atractivos, pero no había tenido ocasión de pararme. 

Y resultó que no había nadie y que dentro se estaba tan fresquito y que la música era tan agradable que decidí sacar el cuaderno y dibujar este interior de butacas despobladas.

Las aceitunas me las tomé porque un amable camarero se empeñó.

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